¿Sexualidad, Ataque de Panico y Fobia Social? Un caso real

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Tratamiento de un fantasma

Luego de escucharla y completar su historia clínica, observé que era posible incluir dentro de su terapia estrategias de hipnosis clínica e hipnoterapia ericksoniana para aliviar su síntomas de fobia social y sensaciones de pánico…

 

Dr. Carlos Malvezzi TaboadaCarlos Malvezzi Taboada
Especialista en Psicología Clínica
Instituto Gubel de Investigación
Docencia en Hipnosis, Psicoterapias
Breves y Medicina Psicosomática.
Buenos Aires. Argentina

Hace ya un tiempo llegó a la consulta, una joven de 23 años: bonita, bien vestida, acompañada por un joven -su novio-.

Cuando la hice pasar, le pregunté acerca de si la persona que la acompañaba entraría junto a ella, me contestó que no, que esperaría afuera. Y así ocurrió: él quedó aguardando en la sala de espera.

Me expuso su caso así: “estoy desesperada, desesperada… ya no sé qué hacer… me quiero morir. No aguanto más, prefiero morirme antes que seguir sufriendo de esta manera… He recorrido en estos últimos cinco años doctores de todo tipo; hice tratamientos psicológicos durante tres años y mi problema continúa… ésta es mi última esperanza… Desde los 18 años que tengo esa idea, ese pensamiento que no me deja en paz ni mientras trabajo, ni mientras viajo”. «Sólo a veces cuando duermo tengo un poco de tranquilidad, pero en cuanto me despierto, ya tengo sobre mí esas espantosas ideas que no me dejan en paz. Me acosan y me hacen llorar, en cualquier lado”.

“No salgo a ninguna parte, sólo a mi trabajo, al que me acompaña mi padre, y al volver, al bajar del bus, me espera mi madre”.

«No converso con nadie, no salgo a hacer compras, y las pocas veces que salgo necesito que me acompañen. Hasta para comprar ropa íntima necesito ir con alguien; las dos últimas veces me acompañó mi novio, pero eso no puede ser, me siento una inválida.”

«Ya no soporto tampoco el lugar de trabajo, los ruidos, la gente… tampoco voy a la casa de mi hermana, a la que solía visitar todos los viernes y me quedaba a dormir allí”.

«Yo no me animo a hablarle de esas cosas… Ahora, también en los últimos meses, cualquier ruido pequeño me altera.»

Luego de escucharla y completar su historia clínica, observé que era posible incluir dentro de su terapia estrategias de hipnosis clínica e hipnoterapia ericksoniana para aliviar su síntomas de fobia social y sensaciones de pánico.

Antes de finalizar esa entrevista convenimos la modalidad y tiempos de las próximas sesiones.

Más adelante, en siguientes sesiones, llevada a un estado de hipnosis en trance medio, utilizando una inducción de tipo ericksoniana, haciendo una regresión hacia recuerdos infantiles, particularmente ligados a los primeros pasos en la escuela, cuando «por primera vez comprendió la dificultosa tarea de aprender a escribir las letras del alfabeto», y aquello, que parecía una tarea difícil de superar, hoy ya no genera ninguna dificultad.

Quedando simbolizado un ejemplo de superación de un mundo de dificultades, tal como lo es para el niño el aprendizaje de la lectoescritura.

La intencionalidad terapéutica, apoyada en la expectativa, deseo y necesidad de la paciente, implicaba:

1) Fortalecer el incipiente vínculo terapéutico.

2) Mostrarle que ya comenzaba a trabajar sobre sí misma.

3) Que podía lograr un determinado estado de trance hipnótico y hacer algo por sí misma.

4) Que podía rescatar, pese a su estado ansiógeno, vivencias y situaciones del pasado.

5) Rescatar algo tan obvio, como es el haber podido vencer la dificultad que representa para un niño el poder aprender a leer y escribir.

6) Proporcionar la sensación de alivio y motivación suficiente para las sesiones siguientes.

7) La sorpresa de la paciente, al preguntarme cómo sabía yo que ella había tenido dificultades en los primeros años de escuela.

Aquí, juegan un rol preponderante el lenguaje terapéutico, el estilo y el modo de administrar cada termino, cada palabra, adaptado al singular modo comunicacional de cada persona y la amplitud conceptual en el manejo de la inducción.

Si en efecto, ella había tenido dificultades, yo mostraba saberlo por anticipado, y si no era así, un buen ejemplo superación, evolución y crecimiento que conforta a todos por igual.

Esto llevaba a inducir una motivación hacia el cambio y la superación, estableciendo un buen rapport.

Calmada la ansiedad y la angustia inicial, convinimos una segunda entrevista.

Desde la segunda sesión, recordando una historia Zen que luego utilizaría, le comuniqué que había decidido llamar a sus «pensamientos e ideas» el fantasma. Se rió, le gustó la idea. «Su fantasma» era muy tenaz e inteligente, aparecía en forma recurrente e intempestiva, y ella no podía ejercer ningún control sobre la aparición de sus ideas respecto a su identidad sexual.

En un principio sus ideas surgían en sueños, o bien al despertar, causándole pánico, angustia y cuestionamientos acerca de su femineidad e identidad sexual. Luego las ideas ligadas a su sexualidad se extendían aun durante el día, en la calle, viajando, en su trabajo. Tomaba, en algunos momentos, una actitud paranoide de ser mirada por otras mujeres, con «malas intenciones».

Las primeras manifestaciones databan de cuatro años atrás, comenzando a los diecinueve años. En este período habían aparecido un sinnúmero de malestares y síntomas (a nivel cardiovascular, glandular, digestivo, vestibular, etc.).

Si bien siempre había sido delgada, en la actualidad su peso había disminuido aún más. En tres oportunidades debió ser internada por malestares físicos, sin que en ningún caso se pudiera diagnosticar sino muy difusamente su patología.

Prefería no dormir por temor a los sueños, sólo dormitaba.

Su grupo familiar se integrado por: padre, madre y hermana mayor recientemente casada.

Desde pequeña le dispensaban un trato muy particular: le asignaron el rol de la débil, la enferma, la necesitada de atención y cuidados especiales; y evidentemente lo llevaba a cabo con adecuada eficiencia.

Jamás decidió por sí sola, viajaba siempre acompañada y jugaba el papel de estúpida (de ese modo, complacía a sus padres), y era un tanto despótica en el trato hacia ellos.

Su novio (desde los dieciocho años) quien la acompañó a la primera consulta, de carácter autoritario y celotípico, pasó a sustituir en alguna medida a sus padres; acompañándola a todos lados, desde viajar, hacer compras, etc. La paciente informa que mantuvieron siempre relaciones sexuales satisfactorias. No hay antecedentes de relaciones homosexuales.

En la siguiente, oportunidad concurrió sola a la consulta. En esta ocasión, y luego de valorizar la titánica figura del fantasma, le comenté “tranquilizadoramente” que no podíamos eliminarlo apresuradamente y de un solo golpe.

Iríamos ganando espacios gradualmente y al mismo tiempo ella podría -ya que había simpatizado con la idea de denominar a sus problemas sintéticamente «su fantasma» -tener un trato hacia “él”, más amistoso, más intimo, a veces irónico y hasta por momentos con cierta indiferencia, casi despectiva.

Señalándole que “su” fantasma, la iba a acompañar “durante un largo tiempo”, y que «él» continuaría perturbándola, tal vez, “muy probablemente” , las próximas, “cinco, seis” o más semanas. Dando la oportunidad que fuera ella quien decidiese, si eran cinco, seis o algunas semanas mas, y al mismo tiempo acotando los tiempos para su mejoría.

Al partir se la notaba sonriente, pero algo desconcertada.

La semana siguiente se la veía más distendida. El solo hecho de haber podido sintetizar y ponerle nombre, en dos palabras, a todo su discurso auto explicativo, le brindó no sólo más espacio para otros pensamientos, sino y por sobre todo, le dio una forma socialmente aceptable para hablarse a sí misma acerca de sus temores.

Ya no era necesario utilizar palabras cargadas de contenidos conflictivos para ella, como «lesbiana», «homosexual», etc.

Ahora, en alguna medida, de este modo se marcaba una diferencia entre ella y el fantasma. Ella era una cosa y el fantasma (como invasor) otra. Ahora tenía contra quien luchar.

En esta ocasión le pedí que entrara en estado de trance y le indiqué que su fantasma seguiría apareciendo con esporádica fuerza, y que ella podía aprovechar cada una de esas ocasiones para descalificarlo amistosamente con frases del tipo: «otra vez estás aquí… bueno, quédate un rato y después déjame», pues tengo que trabajar, o partir, o descansar de acuerdo al momento, o bien: «ven más tarde pues ahora no puedo prestarte demasiada atención».

La amistad y confianza con su fantasma fueron creciendo, y el espacio que éste ocupaba disminuyó cada vez más.

Finalmente, cuando se sintió más serena, le indiqué en estado de trance, que hiciera un desafío a su fantasma, consistente en un par de preguntas. Si él las respondía correctamente, podría seguir acompañándola por un tiempo más, pero si no respondía acertadamente partiría para siempre.

El desafío consistía en tomar un puñado de porotos de una bolsa y preguntarle cuántos exactamente había en su puño. La sabiduría y la omnipotencia del fantasma serían puestos a prueba y destruidos en el acto.

Las sesiones siguientes continuaron con inducciones e historias didácticas performativas, que permitieron su autoafirmación y orientación hacia el futuro: equilibrando su autoestima, la confianza en sí misma, su independencia y su crecimiento personal. Mejoraron sus contactos sociales, y en las últimas sesiones se orientaba ya, hacia un nuevo trabajo y nuevas amistades.

Seguimientos a los tres, seis y nueve meses indicaban el mantenimiento de los logros y, en el último, a los doce meses, manifestaba un crecimiento en su su actividad laboral con la expectativa de independizarse de sus padres y un profundo replanteo en su relación vincular de noviazgo. Había conocido a otras personas, más acordes con sus cambios y nueva forma de vivir su de vida, de acuerdo a sus propias palabras.